Definimos la utopía como el no-lugar. Ese no-lugar puede estar proyectado fuera del tiempo o dentro, y dentro del tiempo en el futuro, o en el pasado.

Mi no-lugar está humedecido por las aguas del Vero, río al que a veces nos asomamos y al que a menudo damos la espalda. Está presente en mi memoria, pero también es un referente geográfico que me ayuda a situarme emocionalmente a lo largo de mi vida.

La mayoría de series que pinto son una “excusa” para explorar algún aspecto formal. La composición y la luz en “The Great Escape”, la figura humana en “Transmutaciones”, el aspecto lúdico y abstracto en los “Micropaisajes”.
Las “Verotopías” son la voluntad de explorar las veladuras, y el interés por describir este paisaje acuático profundamente ligado a mis recuerdos.

Las sucesivas riadas en primavera, el miedo atávico que mi padre tenía a que yo bajara a la orilla de este río humilde y bronco, pero también la raigambre familiar paralela al río -de Morcat a Barbastro, pasando por Lecina-, las excursiones en bici hasta La Boquera, las tardes de verano con mi mejor amiga en una poza escondida…

El Vero es un río antiguo, escultórico, con una intervención humana escasa -saltos y azudes-, cuyas orillas ofrecen gorgas pequeñas, en parajes de una intimidad insospechada. Un río junto al que he crecido, con el rumor quedo de sus aguas en verano. Quería retratarlo, pintar ese movimiento del agua que apenas se nota. Sus transparencias, el lodo del fondo, las curvas de la piedra lamida durante milenios. He querido jugar con la composición y la perspectiva, porque hay siempre en mi pintura un juego entre la abstracción y la forma.

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